Tengo nostalgia de la mirilla de la casa de mis padres desde donde veía la navidad de mis vecinos "los plagos", pero no tengo nostalgia ninguna de ser pequeña, o de vivir en otra época ya pasada, aunque alguna me fascine recordarla:
Mi padre llenaba de viejos nuestra navidad, viejos, buenos vinos y ostras. Parecíamos ricos porque siguió conservando su sibaritismo aún después de perder la protección económica que suponía ser hijo de su madre y hermano del heredero del primer marido de ésta. Seguía conservando la elegancia, las maneras y el apetito por exquisiteces de las que nadie en el barrio había oído hablar y, menos todavía, probado. Además llevaba la contabilidad en una bodega del centro de la ciudad donde, cada año, le regalaban los mejores vinos y espumosos, además de una de sus famosas botellas de champán de Segura Viuda con adornos de metal.
El fuagras de pato,el lomo ibérico y las alcochofas rellenas de gambas y mayonesa (hecha en casa a base de gotas de aceite y vueltas de cucharilla siempre en el mismo sentido, y al mismo ritmo, y mostaza inglesa) , eran, junto con las ostras, los entrantes de todas nuestras Nochebuenas. Las ostras venían de Arcade repletas de sabor a mar. Su aspecto era asqueroso pero sabían a gloria bendita, a pesar de que ninguno de nuestros invitados las quisieran ni probar. Ni éstas, el fuagrás, ni las alcachofas eran apreciados por ningún visitante, así que mi madre sacaba la merluza en salsa verde a la vez que los entrantes.
Mi padre no soportaba pensar en alguien que él conociese pasase esa noche sólo, así que además de nuestros abuelos venían a cenar con nosotros Gregoria, la tabernera de Pedralonga , el afilador, el mielero, o cualquier emigrado treinta años años atrás al que la distancia le había robado, entre otras muchas cosas, el entendimiento con la familia.
En realidad cualquier alma solitaria que se cruzase con mi padre esa noche, de camino a casa, se convertía de inmediato en nuestro honorable invitado.
Mi abuela materna se encargaba de hacerles sentir lo necesitados de afectos y cuidados que estaban , resaltando su clase social y lo bien conservada que estaba comparada con ellos. Repetía una y otra vez que no hay nada más triste en el mundo que no llevarse bien con la familia y verse sólo en Navidad y cuantísimo la querían a ella sus hijos "que jamás la dejarían sóla en días tan señalados". Cuando mis padres conseguían hacerle cambiar de tema comenzaba sus tediosas narraciones sobre sus siete operaciones describiéndolas de una en una, de modo totalmente insoportable. Su marido, el mejor de los abuelos que un niño pueda soñar, a la hora de los postres, cansado ya de tantas estupideces de su mujer, comenzaba a hacerle burla a escondidas de ella, alegrándonos a todos la sobremesa. Nos moríamos de risa comiendo melindres, mantecadas y mazapanes y viendo como aquel frágil y paciente anciano, traducía al idioma universal de la risa , con gestos de mimo burlón, todas las tonterías narcisistas de aquella mujer. Que si me han dicho que tengo muy buen tipo, que si en inglaterra un lord quiso casarse conmigo, que si el médico que me quitó la vesícula se enamoró de mis piernas...que si ustedes son unos ignorantes y es normal que no les guste el fuagrás...Todo lo escenificaba él con gestos de cupletista asmática, porque cuanta más risa le daba más se ahogaba.
Mi abuela paterna, y sobre todo sus lagunas seniles, ponían la nota decadente al final de la cena, cuando comenzaba a comportarse como la joven y acogedora anfitriona que siempre había sido y pedía a la criada que sacara los licores.Recuerdo la emoción que sentía al verla llegar con sus badejas de plata llenas de nueces, almendras dulces, pasitas -que alguien me había dicho que eran buenas para la memoria y yo creía a pies juntillas que serían su salvación- y los restos del juego de pocillos de porcelana china donde nos servía el café, el té y las manzanillas. Aunque lo que todos acababan tomando eran el bicarbonato y las sales de frutas ENO . Aquellas imagenes de pocillos, platos y encajes me hacían desear que ella hubiera seguido teniendo tanto dinero como antes de hacerse anciana, para que pudiese acabar sus días en la casa que tanto añoraba con todas aquellas cosas que ella ofrecía con amor a tanta gente que vivió con ella por temporadas.
A las 11.45 mis padres, mi hermano y yo salíamos de casa para ir al barracón donde los jesuítas obreros hacían la misa del gallo, mi padre decía que había que ir para arropar a los curas que tenían que lidiar con los borrachos. ¡Los curas! un blog entero para ellos sólos...
Por aquel entonces sólo estaban Busto y Fanjul, nada sabíamos entonces de lo que nos esperaba.
El padre Busto una Noche Buena, después de avisarlo veinte veces, le dio una patada en el culo a Bronson "el mocos" convirtiéndose en ese mismo intante en nuestro Kung Fu del barrio.
Cuando volvíamos a casa lo más normal es que ya se hubiesen ido algunos de nuestros invitados, que el abuelo se hubiese dormido en la mecedora, donde respiraba mejor que acostado, que la petarda de su mujer roncase en mi habitación y que mi abuela Mamatín comenzase a vomitarlo todo. Mamatín sufría de hambre canina , a su cerebro ya no llegaban las señales de saciedad y la pobre se ponía malísima hasta que mis padres se decidieron a cerrarle bajo llave la comida. Así que entre ronquidos de narcisita desconsiderada, pitidos de abuelo asmático y cariñoso, y vómitos y llantos de abuela atravesada por la desmemoria se acababa nuestra fiesta, aunque el cierre lo hacía mi padre cuando volvía de acompañar a su casa a la vieja, diminuta y mal encarada Gregoria. En cuanto él volviese nos teníamos que ir a la cama, pero durante ese rato ocurría lo mas fascinante de toda la noche, y quizás de todo el año: Mientras mi madre acababa de recoger y de fregar todo aquel desastre y mi hermano se ponía a ver la tele o a leer tebeos, yo cogía una banqueta y me subía a mirar través de la mirilla lo que estababan haciendo LOS PLAGOS.
Si me lo permite internet, que no hace más que fallar y no me dejarme subir nada, inauguraré una nueva sección que se llamE "El barrio".
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