sábado, 12 de abril de 2008

El Trío del radiador.







Ya es mañana aunque esta entrada haya quedado atrapada en la madrugada del viernes al sábado. Ayer quise dejar de hacer autopsias de corazones vivos y subir esta foto que tanto me dice. Cuando la vi me conmovió y sacudío enormemente, sin saber por qué, hasta que asistí a la conversación que mi corazón mantuvo con ella, pero al final me dormí sin hacerle demasiado caso mientras escupía cuentos inacabados sobre el teclado.
Hoy, cuando volví a encontrarme con ella, sentí que la poesía atravesaba mi esternón y se fundía con la niña que me habita. Viví la ilusión del verano en el corazón, el sabor del encuentro, el dolor de la pérdida, y el tremendo lujo que es haberme topado con el amor, y dejé que la foto me contase su historia.
Me emociona, me admira, me mece en la esperanza de la belleza, de los sueños, de las pasiones que llenan la vida.
La Historia que me contó.

Esa noche el viento era cálido y el olor a salitre subiendo desde el puerto atrapaba a los vecinos del barrio en su red arrastrándolos al baile. Llevaban así todo el verano: despidiendo cada semana con una verbena.
Hombres y mujeres que habían olvidado el deseo depositado en la piel de su pareja, recuperaban, como por arte de magia, el estremecimiento de la primera caricia, del primer cortejo. Arrugas y surcos desplegándose como alas a los BESOS.
Adolescentillos que nunca habían experimentado el abrazo ahora no podían despegar su piel. Piel de manos, de mejillas, de timidos labios rozando las comisuras de las bocas. Encarnados, naciendo bajo el sonrojo, nacían allí sus primeros BESOS.
Jóvenes encendidos jugando a la contención y trazando caminos al cielo al ritmo de la pasión. Lechos verdes, bajo las estrellas, esperando ser aplastados por revolcones de enamorados comiéndose a BESOS.
Así estaba la noche.Baile, caricias, deseo y el aire poblado de BESOS.
Niños envueltos de sueño y bañados en bostezos.
Viejas desaguando la soledad sentadas en bancos repletos de más viejas.
Engalanadas viudas "de vivos y muertos" bailando juntas, soñando con sus amores y sujetándose las ausencias.
Y Borrachos equipados con cervezas, y privilegida visión panorámica, oteando el baile desde sus banquetas.
Así estaba la noche del último sábado de aquel verano, cuando la cantante de la orquesta abandonó a su marido, por miserable y cabrón, encima del escenario. Micro en mano lo gritó:
- ¡Que che follen Argimiro, tesme farta!. És un miserable e un cabrón! y se fue del baile sin dar más explicación.
Argimiro salió tras ella y los músicos detrás, así que el barrio tenía dos opciones: irse a casa, o bailar sin orquesta.
Arlinda la flaca, que había perdido el apodo nada más embalar con naftalina su traje de raso blanco, recibió como testigo aquel micro, arrojado al aire como un ramo de novia, que de pura casualidad cesó su vuelo en aquellas manos, que sólo intentaban evitar que se partiese contra el suelo. Ocurrió así, de improviso, sin haberlo buscado. La canción interrumpida y rota, por la mujer que renunció a tener marido sobre el escenario, salió de su boca, mientras ella, sorprendida, la miraba.
"Los besos que tú me diste, mi amor
son los que me están matando"
Escribía su voz sobre el aire mientras sus ojos intentaban borrar todo lo que escapaba de entre sus apretados labios
"No se como decirte,
no se como explicarte
que aquí no hay remedio
de lo que siento yo.
Los besos que tú me diste, mi amor
son los que me están matando
y mis lágrimas me están secando
con mi pistola y mi corazón.
Y aquí siempre paso la vida con mi pistola
y mi coraaaaaazoooónnn."
Ya no había amplificación, pero sus canciones, con las letras de su vida y el timbre de voz que da la pena cuando te abandona tu amor, removieron todo lo que nuestros corazones llevaban dentro, mostrándonos, de lo que es capaz el alma de una enamorada.
El corazón hecho girones de Arlinda se derramó lloviendo (lágrimas lilas, claro) contra el barrio sin ningún pudor. La gente volvía la cara hacia el cielo para lavarse con aquella hermosa y cálida lluvia. Goterones gordos de agua con perfume a flores de San Juan lloraron sobre la verbena.
Isolino, el tabernero, descolgó el banjo de la pared que estaba tras el mostrador y , ante nuestra sorpresa, además de sacarle brillo, lo tocó.
Pero fue José, enamorado de Arlinda en el silencio y hasta el dolor, el que más nos admiró haciendo sonar aquel absurdo trasto como un acordeón.
Todos escuchamos aquella música, todos fuimos partícipes de aquel hermoso y dulce desgarro del marinero de la camisa de rayas. Notas que lloraban de impotencia y desesperación, acordes que recogían lágrimas de todas las Arlindas de aquel salón, canciones que brotaban de la generosidad de su amor.
Besos borrachos de lluvia, entregados, sosegados, con ojos cerrados, y besos desesperados, con los ojos abiertos para poder atrapar todo aquel amor, fue el aplauso que el barrio entero dedicó al trío del radiador.
Desde aquella noche Arlinda y José conjuran juntos su dolor entre caricias y besos cuando el mar devuelve a casa al marinero.
Él sueña que ella ya es suya. Ella, que los besos que le dio su amor ...ya no la están matando.

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