miércoles, 9 de abril de 2008

Cumpleaños feliz (II Parte)


La casa de Rosita:


Pegada a la puerta de Inés estaba la de Josefa y Mari Rosi. La pobre Mari Rosi, que se volvió loca cuando ya casi era maestra. Y todo por no haberse ido de casa, cuando la ignorancia y locura de su familia explotaron en aquella casa ante su nueva manera de relacionarse con el mundo.
Tenía que haber huido antes de que la drogasen con la dispensa de la santa receta médica.
Antes de que acabasen convenciéndola, en medio de aquella nube de valiums, de que sus nuevos amigos estaban endemoniados y que todos se reían de ella.
Antes de que toda la familia cuestionase el sentido de su vida: “porque… ¿para qué sirve una mujer que no sabe limpiar grelos, ni bordar como es debido por muchas cuentas que haya aprendido en la escuela?”
Tenía que haberse ido antes de que sus padres comenzasen a lavarla con agua bendita y llenasen de escapularios sus enaguas.
Antes de que la certeza de tener una hija al borde del pecado de la lujuria desmedida, se instalase en el banco de la cocina, donde padres, abuelos y tías, en medio de una partida de brisca, separaban las grandes verdades de las grandes mentiras:
“Que si la niña es una inútil, que si ahora tiene amigos, además de inconvenientes amigas, con los que ríe a carcajadas y se quiere ir de campamento.
Sacos de dormir, risas bajo las estrellas,curas que no parecen curas, hombres que no son hombres, mujeres que lo parecen. Otras que están más con los curas que con sus novios.
Dónde se vio una casa de religiosos que dejen entrar a una chica por la ventana del baño, una chica con novio formal…y de una familia que parece decente, qué vergüenza.
Dónde se vio un cura que ande con ella a todas horas y la lleve en moto con él a todas partes. Y eso dos hermanos amigos de ella… uno maricón, y otro que no para de decir cosas raras. Y aquella cinta que grabaron juntos diciendo barbaridades de brujas, padres que no dejen crecer, y almas del purgatorio cantando que el plátano es sensacional y que mamá naturaleza te lo da…”
Y así nacía una gran verdad que sobresalía en medio de la baraja de aquella familia: el demonio anidaba bajo la piel de todos… los que no eran como ellos.

Tenía que haberse ido con ella aquel 18 de marzo, antes de que la niña de casi siete años que hoy llueve sobre las esquelas, cumpliese dieciocho años enfrentándose a aquel energúmeno y pidiéndole a Rosi que se levantara de su cama y se fuese con ella.
Habían estado juntas tomando un café y un trozo de tarta de zanahoria en el comedor de la casa donde la abuela Mamatín había dejado de dar vueltas hacía ya ocho años. El padre de Rosi llegó a la puerta como una tormenta en medio del bosque, tronando un “A casa ahora mismo” mientas golpeaba la madera. Nadie hizo nada por la libertad de aquella mujer de veintitres años que lloraba y pedía que no la defendieran.
La niña que llovía las lágrimas sobre las esquelas pedía a su padre que no dejase que se la llevase el monstruo, pero éste decía que era su padre y que ella no había puesto resistencia.
Habló con Isa, la madre de su vecina hermana, que se metía donde hiciese falta si lo veía justo y necesario, pero también le dijo que no se podía hacer nada.
Pero ella no podía no hacer nada…
¡Tiene ventitres años joderrrrr! Puede hacer lo que le de la gana. No tiene porque consentir que le pegue su padre.

Subió las escaleras como siempre, de tres en tres. Siete escaleras la abuela de Charito, y Luisa la de Claudino, otras siete más las puertas de Josefa y la que había sido de Inés.


Llamó muchas veces, con la misma insolencia que el cafre lo había hecho en su casa, con los puños de trueno, y haciendo tanto ruido que salieron Mercedes y Manolé. Luego salió el padre de los Rivera, y allí, mientras les contaba a todos que Eliseo le pega a su hija con un cinturón, además de no dejarla vivir, abrió la puerta él conductor de autobuses. Le dijo que no podía entrar y la empujó, pero ella se coló mientras los vecinos intentaban hablar con él y calmarlo. Alguno de los dos hombres logró convencerlo y se lo llevó un rato con él. Ella aprovechó para hablar con Rosi;
- Levántate de la cama y vente conmigo. ¡Sal ahora mismo de aquí!.

Rosita lloraba con un desconsuelo que ella desconocía, y sin apenas fuerzas para hablarle, pero sus ojos la llevaron de la mano hacia las pastillas y el vaso de agua sobre la mesilla. VALIUM el domador, la ayuda perfecta para un padre que debe mostrar a su hija el camino perdido hacia las cuentas del rosario y el mandil.
Josefa le preguntaba qué quería de su hija, que la estaban volviendo loca ella y sus amigos. Y ella le decía que los únicos que la estaban volviendo loca eran su familia y el recelo ignorante en el que vivían. Pero enseguida se dio cuenta que nada tenía que hablar con ellos y volvió a dirigirse a Mari Rosi.

- Rosi levántate ahora mismo y vente conmigo, por favor. No te pueden hacer nada, vente conmigo. Te están drogando, ¿te das cuenta? ¡sólo porque tomabas café y tarta en mi casa, se creen con derecho a drogarte!
Rosi lloraba, le daba las gracias y le decía que se fuera que iba a volver su padre.
Pero lloraba rendida, acabada, derrotada y... no la podía dejar allí.

Ella nunca había llorado así. Cuando su hermano le pegaba porque no le gustaba la marca de leche que le compraba, o porque la encontraba dormida en la cama vacía de sus padres y él era el que tenái derecho a dormir allí, o porque quería que le planchase una camisa y la había traído a casa engañada y a ella no le daba la gana de planchar, y menos después de las mentiras y arrumacos en la calle para que le acompañase, lloraba, sí, pero llena de rabia, insultos y patadas en medio de fuerza bruta de aquel animal que nunca conseguía lo que se proponía por más hostias que le diera.
- Hijo de puta, ¿te crees que vas a poder conmigo? - Gritaba muerta de miedo y rabia. -¡Nunca, cabrón epiléptico de mierda!

Otro trueno precedió a Eliseo entrando en la habitación: ¡Qué salga esa puta de mi casa!
La agarró por un brazo y la quiso echar de allí. Ella le avisó que no volviese a ponerle la mano encima. Pero el amable conductor de autobuses, que tantas veces había llevado a los niños del bloque 14 sin cobrarles para que pudiesen quedarse con el dinero del autobus y se lo gastasen en el recreo, la empujó tirándola al suelo. Cayó de espaldas junto a la cama de Rosi. Y mientras lo hacía vio la cara de terror y pena más terrible de su vida. La pobre muchacha le agarró la mano y juntó todas las fuerzas que le quedaban para pedirle que se fuera:
- Vete, nos va a matar.
El energúmeno dijo que iba a llamar a la guardia civil, que el médico le había mandado darle aquellas pastillas tranquilizadoras a su hija y que la iban a detener por estar allí. Ella le dijo que sólo se iría si con ella se iba Rosita.
Se levantó del suelo, y mientras el gritaba barbaridades de putas, demonios y curas, le llamó maltratador, así que éste volvió a empujarla.
Su cabeza al chocar contra la pared le hizo sentir que ya había cumplido dieciocho años. Clonc. Le llegó la mayoría de edad con sonido de campana y dolor en forma de ola.
La rabia contra la fuerza bruta de su hermano y ahora contra la de aquel animal derribó los muros que contenían cualquier atisbo de conveniencia y compostura.
-¡Ni padres ni hostias! ¡Nadie tiene derecho a pegar, hijo de puta!
El cabrón era muy fuerte y se la quitaba de encima según se ella lo rozaba, pero logró darle patadas, manotazos y, lo que más rabia vació de su cuerpo: un mordisco salvaje y lleno de sangre en aquel brazo que la sujetaba por el cuello.
Josefa gritaba, Rosita lloraba lágrimas de miedo y pena cuando Isa, alta, frágil y decidida detuvo aquel despropósito y la quitó de allí.
¡¡¡¡¡¡¡¿Cómo la vamos a dejar aquí?!!!!!!! La están drogando porque tiene amigos. nosotros somos los que tenemos que llamar a la guardia civil y que los detengan por animales.

El resto del cumpleaños se lo pasó escuchando a todo el mundo que no se podía hacer nada. Eran sus padres y había un tratamiento médico por medio.
¿Pero qué coño de tratamiento médico es ese que te meten un valium porque no quieren que tomes tarta con una vecina, ni te rias con tus amigos?
El cura “endemoniado” los visitó pero… todo fue a peor.
Tenía que haberse ido de su casa aquella tarde en que ella la fue a rescatar con el sabor de la tarta de zanahoria y coco en la boca, estrenado los dieciocho años y la certeza del ahora o nunca.
Antes de que que contratasen un "profesor" particular para que la vijilase y la apartase de los demonios, del que, cuando se enamoró perdidamente, no dudaron en contarle que todo el interés por ella salía del bolsillo de su padre, porque su padre era el único que se interesaba por ella de verdad.
Antes de que su padre la violase, al menos una vez al mes, “por si tenía necesidad de hombre y para que no abusaran de ella por ahí…”
Dos valiums, una madre que se va de paseo un rato y un padre que se frota la polla en la vagina de su hija para ayudarla a ser decente.
Antes de engordar cuarenta kilos, hablar sola por la calle y sonreír todo el día como una retrasada mental.
Aquella vivienda le había disgustado desde siempre porque desprendía el aroma de las patatas y cebollas húmedas que traían de la aldea y que guardaban bajo las camas y los muebles del comedor, pero, antes de todo eso, cuando Rosita tenía doce años y escapaba de su madre para que no le hiciese rezar el rosario, o salía a secar su melena rubia al sol del patio del bloque 14, con la toalla bajo el pelo para no mojarse la camisa. Justo en esa época, en la que ella lloraba lágrimas sobre las esquelas el día de su séptimo cumpleaños, desesperada de miedo y pena tras ver por primera vez la espuma en la boca y los ojos en blanco de su hermano, y convencida de que la muerte se lo iba a robar, Josefa salía a robar la luz del pasillo por las tardes para planchar.
En el descansillo de la escalera, la mesa de madera, la manta quemada, la plancha caliente, la radio sonando, y entonces un delicioso aroma a ropa secada al clareo inundaba el bloque entero.

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