sábado, 19 de enero de 2008

Sucedáneos y Mimosas



Cuando viví en Madrid lo más parecido que pude encontrar a la sensación de pasear junto al mar era ir el mercado de Legazpi.


Cuando llegué era otoño y apenas venteaba, para alguien como yo criada al borde de los acantilados, pero cualquier tarde que estuviese libre y que sintiese la más ligera de las brisas, salía corriendo hacia él y me paseaba por medio de los camiones cargados de sal y pescado, que nunca supe que hacían allí (porque Legazpi era un mercado de frutas y verduras...)


Legazpi era mi mar en Madrid. Lo descubrí una de aquellas tardes en que tú jugabas a que no tenías voto de castidad y yo a que no tenía novio, ni estaba perdida.


Sólo jugábamos a ello de la cintura para arriba, pero era tan hermoso como sentir que en Madrid se podía pasear junto al mar. (Una de esas ilusiones que me empeño en vivir porque me da la gana)


Cerraba los ojos y esperaba que una ráfaga mínima de viento me trajese el olor y el sabor del Atlántico, que viajando a ritmo de milla gallega llegaba a mí prendido en la carga de los camiones, y conseguía, durante los breves instantes que justificaban aquella extravagancia, beber con todos mis sentidos la ilusión del paseo por sus acantilados y playas cogida de tu mano.
¡Ohhhhh!recuerdo como esperaba tus besos, paciente y sabedora de que en cualquier momento lloverían sobre mis labios. Porque eras tú el que me los daba a mí...porque yo no me sentía con derecho a nada.


Legazpi era un sucedáneo... pero inventándome un mar en Madrid descubrí que quien me esperaba en mi tierra era el otro sucedáneo, y que si tú hubieses querido, por aquellos remotos años, hubiera sido tu chica, tu novia, e incluso tu... sacristana. y con mis besos te hubiese fabricado tu única sotana, jajajajajaja.


Estuve mucho tiempo inventando sucedaneos de mares y de novios, y hoy todavía no tengo ningún argumento contra ninguno de ellos. Ayudan a plantar ilusiones en los días y a fabricar mundos a la medida. Me encantan, y me han venido muy bien, pero hace tiempo que elegí vivir a la orilla de mi único mar, esperando que sus olas quieran besar y lamer mis pies y... todo lo que él quiera.




Esta tarde paseé por la isla, me sé de sobra que siempre está distinta y preciosa, pero jamás deja de sorpenderme. Hoy el mar, como casi siempre, era un plato. El cielo y el agua eran lilas y la arena estaba rebosante de algas, pero aún así, haciéndose paso entre verdes salitres , dulces pinos y aplastantes eucaliptos, el aroma de dos mimosas era el que llenaba una de sus playas. Una era un árbol precioso, la otra... era yo, pensando y sintiendo el amor desde mi orilla.
Tienes que venir y poner tu oreja junto a la mía, como si te acercases a una caracola, escucharás el mar y el amor que llevo dentro. Y yo te recodaré, entre risas, lo bien que repartías tus besos...
Luego recodré a Carmen y a las mimosas que plantó...

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