lunes, 23 de marzo de 2009

Handerbergito





Esa tarde Handerbergio Morera desperezaba sus ramas cuando descubrió que en el huerto habían nacido nuevas flores.
Aveces, sumido en los efluvios de su condición simbiótica, sintiéndose único y extraordinario, olvidaba que además de enredadera era árbol, y viceversa . Porque Handebergia y Morera eran únicos y extraordinarios per se, pero juntos eran tan únicos y tan extraordinarios que los sucesos más increíbles sucedían a su alrededor de un modo tan natural como la salida del sol o la llegada de la lluvia.

La noche anterior el cielo había desprendido cuatro lágrimas por hoja. Un goteo agradecido por todo el oxígeno que ellos dos juntos le regalaban, aunque un poco cutre, había pensado Handerbergia antes de cerrar sus párpados y besar cada centímetro de su amado con cada uno de sus pétalos morados, sientiendo el increíble placer de no tener que dormir imaginando su tacto y su olor como en tiempos pasados. Morera apenas había percibido el llanto del cielo, quizás porque desde que era un brote había aprendido que las nubes no lloran por pena, si no por pura generosidad, aunque a veces sean tan desmedidas que lleguen a hacer daño. Así que fue de mañana, al despertar, cuando notó aquella humedad sobre sus partes.

-Suena mal, ya lo sé,- se dijo la narradora del extraordinario suceso- pero es que fue justo ahí, en sus partes, no en sus delicadas y recien nacidas hojas, ni en la piel que cubre su tronco, ni en sus líquenes, no, fue ahí, en sus partes, justo donde el tronco se bifurca en varias ramas, donde tuvo la primera sensación húmeda esa mañana, como tantas otras veces. Con lo que ni en el aire, ni en las señales con que la vida marcaba su cotidianidad nada permítia leer códigos ni presagios sobre lo acontecido.

Durante el desayuno, mientras Handerbergia al sorber la cal de la tierra exclamaba unos ummmm de placer tan escandalosos que los pájaros huían despavoridos de sus ramas, hablaron sobre la primavera que a ella le arranca las flores y que a él le llena de hojas y deliciosas moras. También hablaron, cómo no, sobre los pájaros que les habitan y sus melodías silvestres, incluso se permitieron quejar de Toñito el jilguero, el ave más influenciable del lugar, a la vista de como absorbió las nuevas y horribles tendencias en sus antaño hermosos cantos, influenciado por los tonos y los politonos que flotan, irremediablemente, hasta en el paríso. Y una cosa que lleva a la otra y a estos dos que les gusta saltar de emoción en emoción y ... un rosario de pensamientos acabó por ensartar las palabras nidos y cachorrillos. Como los de las ardillas que morera albergaba en su vientre y los de los petirrojos y mirlos a los que tanto le gusta envolver con sus enredos a Handerbergia.
-No hay nada tan dulce como la piel de un bebe y una boca comiendo de su madre.- dijo la enredadera abrazándose cada vez más a su amado.
- Nada, es verdad, ¿y que me dices de esas primeras risas locas que se les escapan a veces por fiestas a veces por miedo? ¿y esas carreras, y los mordiscos, picotazos, saltos y revoloteos?

Por un instante los dos sintieron el mismo y disparatado deseo: ser padres juntos, porque por separado ya lo habían sido alguna vez.

¡Ay! - suspiraron al unísono, cómo si el alma necesitase deshincharse un poco pero sin decir ni una palabra. Ella desprendiéndo una docena de pétalos morados y él brotando una docena de moras más y ciento cincuenta gramos de hojas.
Un abrazo feliz los sumió en lujuria intempestiva, como siempre, ella cada vez más consicente de su enredo y él cada vez más cerca del cielo.

El medio día, con el sol libre de nubes sobre el huerto, no les había invitado a mirar hacia éste, pero ahora, tras la pequeña siesta, absortos los dos, con su mirada posada en el bosque, poseídos por la distracción con que le obsequiaban el baile de las hojas de los carballos y el viento y las suicidas flores de los ecucaliptos lloviendo sobre la hierba, descubrieron las nuevas flores, y entre ellas la más delicada y hermosa que habían visto jamás.




- ¡Ohhhhhhhhhhhhhhhhh! - exclamarón juntos desde cada uno de sus poros.
- Fue la lluvia de esta noche.- dijo Handerbergia tan inquieta y conmovida que casi se desprende de su amor por el impulso de abrazar al capullito nacido en la flor.
- ¡Qué coño, la lluvia! ¡fue el amor!- dijo Morera con tanta certeza que de nuevo se sintieron uno, dos... y tres.







Continuará... (te adelanto que es niño y que están pensando en ponerle Handerbergito o Handerberjulito Morales)




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