domingo, 15 de febrero de 2009

Camarero, camarero, tú eres el camarero de mi amor, si señor!


Me quedé con una ganas locas de escribir el cuento de aquel joven churrero.
De la primera vez que fui con un amigo a pasar la tarde al centro de la ciudad, y a tomar un chocolate con churros.
Pienso cuántas cosas aprendí con tu hermano, pero, sin duda, la más grande de todas fue el tener un amigo.
Fue mi primer amigo de adolescencia, en la categoría amigo inseparable, amigo inseparable que sólo era amigo, me explico: no era como Manolo que era amigo por ser el novio de Mami, ni como Tom, o Alvarito, que lo eran porque nos gustábamos, tampoco era como Amadorcito o Alfonsito, que lo eran por la proximidad de las puertas de nuestras viviendas, tampoco lo eran como Pepe, o Manuel (en aquella época aún no era mi flamante novio) más mayores y como cuidándome, o como Pablito, el mejor apuntador del mundo, que me hizo creer actriz porque siempre podía apoyarme en él y sentir la seguridad de tener el texto a tiro de oído, no, Paco era mi primer amigo inseparable, de mi misma edad, encontrado al azar y elegido al instante, y aunque al principio temblaba cuando bailaba conmigo enseguida se le pasó, lo que además de enseñarme a estar con entera naturalidad con hombres a los que turbaba sabiendo que todo temblor turbador es cuestión de tiempo, lo convirtió en el amigo perfecto.
Las horas se nos pasaban solas, entre maquinaciones gamberras y risas tan flojas que parecían de porro, entre sus agobios de Felipe el de Mafalda y mis cantos de Juanita Banana , y un montón de asuntos de este estilo.

Esa tarde me propuso ir al centro - vale - dije. Además la idea del chocolate con churros, tan golosa como soy, me pareció genial.

No recuerdo si era primavera o verano, no tengo el recuerdo de la sensación de calor sobre la piel, pero sí la del dolor del sol clavándose en mis niñas (por aquel entonces a las pupilas les llamábamos así) Así que debía de ser primavera y estar el sol todavía bajo y machacón pero precioso reflejado sobre cada uno de los pequeños cristales de las galerías de la marina.

Había estado allí más veces, la casa de mi abuela estaba a menos de cien metros y tanto la churrería de la calle real como la de la marina eran lugares muy habituales donde sacarme a merendar, pero nunca había ido "de mayor" con un amigo, porque aún nunca había sido tan mayor ¡13 años! , ni nunca había tenido un amigo inseparable, jajajajajajajaja. ¡Oh, dios qué recuerdos!


El caso es que nos sentamos en la terraza (antes se llamaba sentarse fuera, o dentro) y apareciste tú, con tu camisa blanca y tu corbata negra, como el pantalón, y aquella chaquetilla que no recuerdo muy bien. Pero si recuerdo tu pelo y lo guapísimo que te vi, ¡dios que guapo es este chaval! qué agilidad entre las mesas, que desparpajo y que sonrisa más dulce cuando nos viste allí.

Nos serviste y seguiste trabajando mientras nosotros embelesados por la coreografía de tu cuerpo y tu bandeja, trayendo y llevando olorosas tazas blancas rellenas de espeso marrón, comenzamos a poner la cara de bobos que se nos ponr siempre cuando algo nos admira.

-Tiene que trabajar bastante, pero está contento y lo hace muy bien. - dijo tu hermano orgulloso de ti y sintiéndose tan inútil como me sentía a mí.


-Y tanto que lo hace bien- dije yo siguiendo con la mirada cada una de tus incursiones en la acera del Cantón, e imaginandome a mí tirando bandejas y metiendo los dedos sin querer en el chocolate, mientras el jefe me decía que recogiera mis cosas y me fuese lo más lejos posible. Aún me faltaban dos años para malaprender el oficio en la casa de dios (casa de comidas de un sr. que se apellidaba Dios y cuya familia me acogió allí un par de veranos)
Nos trajiste más y más churros y acabamos con un colocón de azúcar del copón y esa risa loca que nos da con nuestras propias sustancias y que siempre siembra la sospecha de estar puestos hasta las orejas. Algo así como el ataque que nos dio en San Andrés de Teixido no hace nada...

Entrabas y salías y decidimos marcharnos para no hacerte reir.
Estuvimos en casa de mi abuela, visita obligado de nieta cumplidora que no sabía llegar hasta allí sin pasar a verla; y nos volvimos al autobús con la sonrisa puesta y el bandullo calentito e hinchado por la masa espesa del líquido marrón y el porrón de churros que nos serviste.


Bajamos del bus, y delante de la puerta de vuestra casa Paco me dijo : - Hay que volver...- y yo asentí sin saber que mi amigo inseparable para los restos serías tú hubiera o no hubiera churros.


Ahora te debo un cuento ficticio sobre un adolescente churrero que resuiméndolo mucho sería algo así:

"Era moreno y guapo como pocos, de ojos tan verdes y brillantes como los de Alain Delón o el mar del Orzán en plena tarde estival. Con una sonrisa tan burlona como la delicadeza que alberga en su corazón pirolítico. Delgadito, elegante y ágil, aunque él siempre se haya visto como un poliomielítico cojo pero resultón. Nosotros, el barrio entero, siempre lo vimos guapísimo y encantador.
Era tan encantador que a todos y todas dejaba prendados y con la risa puesta.
Comenzó a trabajar de camarero en una de las churrerías más elegantes de una de las ciudades más pijas que nadie se pueda imaginar.
Señoronas de las de peluquera particular que las visitaba antes de salir a pasear, emperifolladas de seda y perlas y abrigadas con astracán; hombres de abrigos y sombreros loden con cinta de seda oriental y conversación hípicobursatil; madres vestidas de traje chaqueta y delicadas blusas de puntillas a juego con el pañuelo con el que frotaban, desesperadas, la gotita de chocolate que a sus almidonados retoños se les acababa de verter contra su delicados pechos de nido de abeja, un punto muy de moda; jóvenes parejas uniformadas de azul Liceo o grante Eirís, los únicos colegios para pijos donde se admitían niños y niñas juntos, fingiendo hacer los deberes y rozándose las tiernas yemas de sus dedos bajo las mesas; bocadillos de Munín antes del chocolate con churros "Y así llevamos la cena hecha"; hombres jóvenes, con la aparencia de los viejos que viven allí sus tardes, volviendo del trabajo para recoger a sus mujeres y niños, y, de vez en cuando, pandillas de chavales de todo tipo y pelaje pidiéndole a él aquel delicioso chocolate con churros, a él, el chico de la mirada dulce y encendida .
Visto así podría haber sido un curro aburrido en el que no dejase ninguna huella, pero tratándose de él, el aburrirse o pasar desapercibido, era y es imposible.
Cada señor o señorona, cada madre, cada niño, cada jovenzuelo o jovenzuela sabían que él se había dado cuenta de todo lo que les habitaba, y le hablaban como si ya hubiesen mantenido con él el grado de conversación necesaria para, ante la certeza de verse tan desnudos, sentirse envueltos por la acogida de sus amables sonrisas y palabras .


- No es cierto que no quiera a mi marido - le dijo doña Amparo aquella tarde - le quiero, pero es que ya no aguanto sus tonterías.
Cualquier día tiro la peluca y que se enteren todos que me he quedado sin peluquera, sin modista, sin callista, ¡Menos mal que aún conservo a Josefina! mi doncella de toda la vida , que ella con comer y poder cuidarme ya es feliz.
Julio, corazón, estoy harta de deber a todo al mundo. Debemos en todas partes, en la drogería, en la perfumería, en la sastrería, en la pastelería, hasta a Elisa la del quiosco. Es una vergüenza. Esto es una desgracia, estoy harta de deberlo todo. ¡Apuntáme esto, por favor! Le ordenó la señorona mientras Julio le ayudaba a ponerse el abrigo.
-Ahora mismo, doña Amparo, pero no se preocupe mujer, pídales que le dejen pagar a plazos, compre un poquito menos y dígale a su marido que mejor sería
que fuese cambiando de negocio.


Así empezó el consultorio del muchacho de los ojos verdes y la dulce sonrisa, que además estaba buenísimo, porque todo hay que decirlo. (Narro esta única historia para desemadejar los ovillos que se montaban tras la primera conversación contigo, pero podría narrar un montón más)
-Ya me conoces Julio, soy el marido de Amparo. Me dijo que le has recomendado que cambie de negocio. Ya lo había pensado, pero no se qué hacer porque llevo toda la vida con mi camisería y quitando las de faena, como la tuya, dijo el hombre con cara de estar pensando camisa de faena = a camisa de pobre camarero, apenas vendo una. Ahora todo el mundo las compra hechas, ¡con lo mal hechas que están y lo difícil que es que sienten bien si no se mide la percha!
No sé a dónde vamos a ir a parar, pero yo... estoy yendo a la quiebra.

-Pues mire usted don Álvaro, si sólo le compran las de faena dediquese a ellas, pero por favor no deje de hacer de esas de chorreras que siempre tiene en el escaparate, piense qué sería de las orquestas gallegas sin usted y su comercio. le soltó Julio.


Don Álvaro sorbió el café de un tirón y el bourbon de otro, sacó un billete de cien pesetas que devolvió a su cartera y le dijo al muchacho:
- Casi mejor me lo apuntas en la cuenta de mi señora, pero antes dame un paquete de tabaco y un habanos. Me voy a hora mismo a llamar a Pucho Boedo para que me dé la dirección de su representante.
De este modo tan sencillo Julio salvó la camisería más importante de la calle Real y de toda la ciudad y con ello la vestimenta de las grandes orquestas de Galicia. (aún no se habían acuñado las palabras creatividad ni inteligencia emocional, jajajajajajajaja)

No es de extrañar entonces que en las noches de ópera los hombres hiciesen cola para consultar sobre sus negocios, y las mujeres para contarle sus inclemencias. Como no era de extrañar que los adolescentes le preguntasen sobre Bowie mientras lloraban sus desengaños y malas notas y los jóvenes profes le pidiesen el Víbora antes de ir a poner el exámen de literatura o el Lib antes del de filosofía.

Tampoco fue de extrañar que aquel coreógrafo que pescó mi padre una mañana de verano que andaba a los panchos por la bateas de Veigue, el coreógrafo de juventud de división azul y madurez de elegante ballet, se prendase de sus modos y maneras.
Ese invierno transucurrió con el teatro vacio y los coreógrafos y bailarines tomando el chocolate a las ocho, observando al churrero deslizar su bandeja y su encanto por entre las mesas, donde las almas atribuladas suspiraban por su llegada.
Nadie podía imaginar que hacía el ballet entero mudo y en silencio cada tarde. (Bueno lo de mudos es un decir, porque en cuanto tú les dirigias la primera palabra las suyas se volvían de mantequilla con necesidad de una tostada.)
Y llegó el día del estreno y el ballet debutó en el bellísimo teatro de en frente. El coréografo rey, Narciso, le había pedido al dueño de la churrería que dejase asistir al camarero, que necesitaban de su opinión y exquisito gusto de modos y maneras.
El teatro estaba lleno de vecinos de entrada por la calle Real y vistas a la marina, Los cantones, Riego de agua, María Pita, y toda la ciudad vieja, quitando el papagayo se dieron allí cita. No cabían más pero dejaron entrar a los más influyente de la Plaza de Pontevedra y el Orzán.
En el palco de Rey solo había dos espectadores, el bailarín más renombrado y mi amigo el churrero.


Se abrió el telón de verde pesado terciopelo y una bandada de hombres pájaro con panderos y paderetas llenaron el escenario imitando la perfecta y cotidiana coreografía de aquel churrero y sus bandejas. Idas y venidas, llevadas y traidas, palabras y sonrisas. ¡puro ballet! Inspirado en un sólo artista.
Al final del espectáculo todo el teatro se volvió hacia el palco principal aplaudiendo. El bailarín saludó como si estuviese en el escenario. Los gritos del público aclamando ¡Julio, Julio, Julio! ensombrecieron para siempre la sonrisa del decrépito Rey Narciso.

Mi amigo se murió de risa... nadie le entendió. Su hermano y yo nos morimos con él. Los tres nos quedamos sin churros.





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He de reconocer, cariño, que en esta foto te sale una pierna más corta que otra.

Besos con todo el amor que se puede sentir hacia un polioMIELitico con el que aún no te has casado, pero con el que pasarás tu ancianidad.

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