
Yo tenía 33 años rubios, de bote y sol , y flacos, de inclemencias afectivas, y tú, como mucho, andabas por los veinte. Me había fijado en ti porque siempre te dejabas ver y porque tenías un aire a chico guapo de mi barrio... o eso creía.
Me habías visto llegar, día tras día, aparcando con mi estilo de montaaceras a la que su adicción a la música de Bruce se le escapa por la ventanilla, delante del único bar del paseo marítimo.
Me habías visto sonreír y hablar con casi todos tus vecinos, incluída tu madre. Habías estampado tu firma en el documento, después de que tu madre te sacáse de la cama a las dos de la tarde del día anterior, y te riñese por hacerme esperar, sabiendo que necesitaba tu firma para acabar mi trabajo en tu casa.
Te habías fijado en mí , y yo también me había fijado en ti. En tu andar chulesco, en tus camisetas sin mangas, en tu moreno de batea, y en como te sentabas a tocar la guitarra orientando la silla para verme por donde yo pasaba. Claro que me había fijado en ti. cómo no hacerlo si estabas en todas partes. Mira que chaval más majo - pensé. Tiene aire de palaveano. Pero tu casa es azul y blanca, y tu calle huele a sal, y tu piel lleva la huella del mar, y eso no era tan común en mi barrio.
Eran las tres de la tarde, a pleno sol de un mayo de 37 grados. Estrenaba piso , miedos e ilusiones de nueva soltera. Llevaba caminando desde las doce, rechazando las insistentes y amabilísimas invitaciones de tus vecinos, para comer y tomar café, porque quería acabar la jornada pronto. Había a ceptado el agua fresquita de los pozos, pero ya llevaba más de una hora sin beber. Pasé por delante de tu puerta y estabas sentado a la sombra. Comenzaste a beber del botijo sin apartar de mí tu mirada, y yo seguí calle abajo hasta el único bar del paseo. Entré directa a la barra y pedí una botella de agua, una cocacola y una cerveza.
El chavalito del bar me sirvió el agua y me dijo que me pondría el resto de las bebidas cuando llegasen mis acompañantes para que no se calentasen...Le dije que me las pusiese ya, y por el órden en que se las había pedido. Me bebí el agua de golpe, la cocacola casí sin pestañear, pero saboreando toda el azúcar que mi cuerpo necesitaba, y dejé la cerveza para el final , para paladearla bajo la sombra de parra del patio de atrás mientras me comía las tres tapas que el joven camarero no se había atrevido a ponerme y que yo le requerí. Insuperables mejillones en salsa estilo vilaxoan, tortilla de patata y guiso de macarrones con carne. Ya veo que no tienes miedo a engordar, me dijo, y le conteste que caminando cinco horas al día bajo el sol, eso era imposible.
Cuando entraste miraste las botellas sobre la mesa y la colorida fila de manjares que me estaba zampando y comenzaste a escrutar todo el local a ver donde estaban los otros bebedores. No había, rápidamente se encargó de contártelo tu amigo desde el otro lado de la barra.
Os miré como perdonándoos la vida por vuestra inexperiencia. Me preguntaste sí seguía teniendo sed, y yo te contesté que ya no. El camarero me dijo que nunca había visto a nadie beber como yo lo hacía. Le dije que yo tampoco, pero qué cuándo se había visto un 7 de mayo de tanto calor. Quizás los haya, pero yo nunca había salido a trabajar a esas horas caminando de casa en casa.
Fumé un par de cigarrillos y eché un vistazo a los periódicos. Mientras fuí al baño, tú ya habías desaparecido. Volví a colcarme la mochila a la espalda, cogí la carpeta y el boli, me puse mi sombrero de paja y seguí la ronda hasta las 16.30. Ahora me tocaba recoger impresos firmados por detrás de tu casa. Estaba hablando con una de tus vecinas cuando te ví subido a la silla, con la guitarra colgada de la espalda y medio cuerpo metido por la ventana de la que supuse tu habitación, y entonces ...entonces me hiciste aquel regalo.
No Surrender (luego fueron más) sonó a todo volumen. Tú te sentaste, apoyaste los pies sobre el muro que delimita tu tierra con el camino que yo seguía, y levantaste tu mano haciéndome los honores. Tu gesto de "va por ti", me hizo sentir la mujer más afortunada de la tierra.
Eran sus camisetas, eran sus brazos, era su mandíbula, era su manera de caminar, eras un Plago del grupo 14, eras Bruce. También eras yo, si hubiese nacido niño en Vilaxoán y aún tuviese no más de 20 años .
Hoy pasé por delante de tu casa, te recordé y te imaginé con 10 años más y en mi mente nació esta foto. Va por ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario