domingo, 30 de diciembre de 2007

EL BARRIO I: LA PLAGA Capítulo 1º






Les llamaban “La Plaga” porque eran muchos. Muchos siendo catorce. Muchos siendo catorce en una vivienda sindical de 78m2 en los años sesenta, sin dinero, ni agua caliente, ni lavadora, ni tierras para cultivar. Muchos siendo pobres, en un barrio obrero en aquellas difíciles décadas.
Mi recuerdo de las Navidades en mi barrio es que eran muy hermosas y ellos ocupan un lugar estelar en ellas…

Hacía un frío tan insoportable que era difícil contener los gritos que te salían en medio del temblor de dientes. El rocío helado pintaba los campos de nieve. Ilusión de pobres, que ni eso teníamos ¿nieve? ¡quien nos la diera!
La niebla adherida a los árboles remoloneaba de tal modo que podían transcurrir semanas enteras sin podernos librar de ella. Era tan envolvente y vampira que a veces para desperezarse un poco se agarraba al primer vecino que pasaba y no se le despegaba en todo el día.

En cualquier rincón de la ciudad podían acertar que éramos de nuestro barrio por el trozo de nube que nos envolvía, que además nos imprimía un modo peculiar de caminar: medio encogidos, enarcados, con los dientes apretados y cara de mala hostia. Como auténticos macarras sin tener ninguna necesidad de parecerlo, porque sólo con mentar el nombre de nuestro barrio la peña se cuidaba muy mucho de hacerte ningún daño, por muy niña y sola que fueses por las calles de la ciudad.
Hasta que el sol disolvía aquel manto blanco no podías ni caminar erguido, ni apenas saludar, sólo temblar y desear que se fuera de tu lado. Era el frío más húmedo y penetrante que nadie pueda imaginar.

Nuestras casas, fabricadas por la consideración del excelentísimo para los obreros que venían a trabajar a la capital, eran verdaderas neveras. La arena de la playa de la Ría del Burgo, que habían empleado en la masa, seguía llena de blancas conchas de berberecho que asomaban en cuanto se descascarillaban paredes o suelos. En algún bajo las baldosas se abrían y rompían por la fuerza de pequeños montículos húmedos que, como jorobas de camello, nacían bajo nuestros pies. Durante los primeros años podías arrancar alguna cría viva de este bivalvo para echarla directamente al arroz, lo cual era muy de agradecer en algunas temporadas. Esa arena nunca llegó a secar, envolviendo la atmósfera de nuestros hogares de una humedad eterna. En mi cama cuatro mantas, un abrigo y una bolsa de agua caliente no conseguían quitarme aquellos temblores, ni despegar aquella pegajosa nube que se me había agarrado al mediodía los días en que el sol, en plan cabrón, se ponía cutre y también nos dejaba colgados. Sólo mi madre con sus ochenta kilos de carne humana y su aliento en mis manos, o su espalda en la mía, lograba calentar mi cuerpo y conseguir que me durmiese.
Ese frío me acompaña esta noche , sentada en el sofá con ordenador encima, a pesar de la calefacción, las bombillas de colores, la mantita marrón, el árbol de leds y mi humeante taza de leche de castañas.


- Menos mal que desde que me amas nunca me ha faltado tu maravillosa temperatura. Sé que ahora dirás que te quiero por lo mucho que me abrigas, y que te sientes "como una manta"...y yo eso no puedo negártelo porque nunca nadie me ha abrigado como tú.
Vivo un grado por debajo de tu realidad, o tú lo haces a un grado por encima de la mía, y tu piel y tu manera de quererme me quitan muchos de mis frios...porque a veces, aún cuando menos lo espero... al asomarme a la ventana ...me quedo helada.

Al patriarca no se le conocía mas profesión que la de rifar en las tabernas ceniceros y botellas de cristal que forraba con vitolas. Era pequeño, menudo, de piel amarilla y cuidado bigote. Vestía siempre gabardinas, o abrigos largos que llenaba por dentro de los objetos más dispares: Abrelatas, llave inglesa, tijeras, martillo, destornilladores, cinta aislante, bombillas para linternas, anzuelos, botone, agujas, hilos... que ofrecía sin jamás pedir nada a cambio. Todavía hoy es un misterio el porqué llevaba todo aquello encima, a no ser que se nos de por pensar que hacía cosas que… no hacía. Nadie en el barrio lo sabe. Lo que si sabemos es que él había sido el padre de todos, pues hombres y mujeres, unos guapos y otros feos, todos llevaban su rostro impreso.
La madre no era guapa pero era alegre y lucida. Con buen tipo, buenas piernas y andares de mujer vital y libre. Es la única mujer que conozco que tenía los lóbulos de las orejas partidos. Donde antes hubo un agujero ahora había una enorme raya sobresaliendo bajo los pendientes de clip. Las malas lenguas decían que una noche de celos su marido arrancó las pequeñas joyas que otro hombre le había regalado. Eso sí, sonriendo sin parar, como cuando aquella noche de verbena tras verla bailar, como una vedette, en lo alto de las escaleras que daban al chiringuito del Sr Pedro, que a esas horas estaba lleno de hombres que en vez de mirar hacia la orquesta la aplaudían a ella, la sacó a bailar llevándosela a casa a ritmo de pasodoble, y en menos de un minuto la vimos salir volando por la ventana. Cayó de espaldas dos metros más abajo de su habitación, sobre el suelo del jardín de tierra , y antes de que a nuestras madres les diese tiempo a preguntarle a Toñita que tal estaba, él ya había vuelto a pedirle otro baile y ella había aceptado, toda sonriente y llena de ganas de cumbias y rancheras que bailaban sin descansar ante la perplejidad y el ataque de risa que sufrieron nuestras madres.

Hoy lo dejo aquí porque tu respiración dormida está durmiendo la mía.

La sección MI BARRIO se la dedico con todo mi amor a mi reno de plata




Desde la peña del elefante

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