jueves, 22 de noviembre de 2007

LA NIÑA I: El nacimiento:




Dicen que nací con una almorrana y un callo, pero mi padre siempre lo negó, él siempre dijo que lo único extraño que vio en mí estaba en mi mirada, que mis ojos cambian de color y que si te fijas bien en ellos se ven algas encerradas. Algas verdes, lilas y moradas, pero nada de callos, ni almorranas. También dicen que nací a las 11.20 de una mañana de marzo con las mimosas tiñendo de amarillo el verde del bosque, la humedad escribiendo sobre la hierba promesas de primavera y el viento trayendo y llevando aromas de frutas que sólo existen en verano. Dicen que fue a esa hora pero que el personal de la maternidad no informó ni a mi padre, ni a mis abuelas de mi llegada y que vivieron en ese engaño hasta las cuatro de la tarde, hora de la visita , cuando me encontraron en la cuna disfrazada de indio en pie de guerra, con una gran raya negra sobre los ojos, por un líquido derramado que, por aquel entonces, nos echaban a los niños. Una enfermera, abandonada ese mismo día por su amor, lo dejó caer sobre mí en medio de su tristeza y descontrol. Esa misma noche se suicidó. La encontraron en la morgue del hospital vestida con su ajuar de novia dentro de un ataúd que esperaba llenarse con otro cuerpo y que ella hizo suyo. Lo había dejado todo preparado para ser encontrada: velas encendidas, perfumes, pétalos, versos y sentencias que dejó escritas sobre el frío y tétrico suelo antes de tomarse la morfina.
“Sin tus caricias no sabré vivir” “Sin tus labios sobre los míos la vida duele tanto que no puedo seguir en ella
Su rostro de muerta dicen que era tan dulce que todo el mundo le dio la razón.
En el cementerio de los ingleses, el mismo de los suicidas, frente a la ría, un empleado municipal plantó junto a su tumba una gardenia, que, desde entonces, tiñe el aire con el olor del nombre de la que había sido su amada.

Dicen que desde que nací volvía loco a mi padre y que incluso se afeitó su sagrado bigote porque mis gestos delataban disgusto cuando me besaba.
Dicen que mi hermano quiso quererme, pero que no pudo presa de un feroz asedio de burlas y celos llevado a cabo por su propio padre, el mismo hombre que ante mi presencia se derretía.


Dicen que los pechos de mi madre, con los pezones hundidos hacia dentro, no me dieron de comer, así que después de sufrir la tortura de vómitos y diarreas por leches de distintas vacas y distintas aguas, el médico decidió alimentarme con leche condensada y agua hervida del grifo de mi barrio. Pero también dicen que a los 6 meses no sólo decía papá y agua, si no que comía guisos de carne con patatas esmagadas.
Dicen que tenía que haberme llamado Marina, o Estrella pero que un pulso entre abuelas acabó con mi padre encomendándome a San José, nombre del que yo siempre renegué. Pero tuve la suerte de que cuando yo nací a todas las niñas nos ponían, delante o detrás, el nombre de María.
Dicen muchas cosas de mí que yo no sabría decir si son ciertas, pero desde los 13 meses me da igual lo que otros digan de mí, porque ya lo recuerdo todo

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