Camino por senderos inusuales, escribo a todo volumen, corro de la mano de algún amigo lejano, que seguramente, camine también al otro lado del mundo.
Sigo, sigo con esto,
A
Veces
Hay
Momentos
En que sales
Desprevenido sin quererlo
Se comienza y no se para.
Es algo sumamente inesperado
Todo lo que se espera puede llegar a aburrir.
Tantos lugares por visitar y tantas vidas por vivir.
Mientras, en un puerto anclado sin poder zarpar, estás ahí que no te pasan los segundos
Unos encarcelados dentro de cielos abiertos.
Sin más, sale el barco y no te dicen adiós desde a bordo.
Tomando en una estación de tren, observando como la gente se despide sin querer decirse Adiós.
Hay pocas cosas más tristes que una despedida de dos enamorados.
De vez en cuando no está nada mal llamar a un amigo que se encuentra lejos. Retornan viejos dichos y palabras susurradas al oído bajo un cielo atronador.
Se me acaba la poesía por momentos. La vida son estados de ánimo. No más .
Ya salió el barco y no nos despidió.
Hay momentos en la vida en los que hay que decir si, o no. Lanzarse a la piscina pese
a que haya poco agua.
A veces no solo nadan los mejores peces. Tagore decía que el bosque sería muy aburrido si solo los mejores pájaros cantarán.
Ya me voy, corro yo solo esperando a que algunos lleguen a mi lado. Mis páginas a veces se quedan en blanco y desconozco la razón. Hubo momentos con más colores.
Parece que puedan ser las nubes que no paran de pasar por encima de mi tejado.
Cosas que uno no entiende y nunca busca el por qué.
Salen de casa dos desconocidos que dentro de un rato se encontrarán en la esquina. Se chocan. Se miran. Se dan los perdones. Se buscan mirando un futuro en otra calle desolada. Se sobremiran. Se vuelven a mirar. Se buscarán por todas las esquinas de todas las calles. Se miran de reojo. Se saludan con un adiós y otro perdón. Se vuelven a mirar metros más adelante.
Él sabrá que la volverá a ver. Ella ya lo desea.
Meses después, en un bar a media tarde, entrecruzan miradas de soslayo uno a cada lado de la barra. Se saludan con los ojos. Se vuelven a pedir perdón por todo el tiempo pasado. Mañana cada uno recordará al otro. Ahora los segundos del reloj no paran de correr. ¿Unas palabras? Un mero que tal. Un sencillo como te va.
(…No nos conocemos de nada. Pero he soñado contigo todas las noches de este invierno. Yo te buscaba en los cines, en los paseos de los domingos, en las calles de los arrabales, en las barras de los bares, en las paradas de los buses, en las esquinas de todos los rincones…)
Un hola y todo cambiaría. No se dicen nada. Solo se vuelven a mirar varias veces tras las voces de los susodichos amigos que hablan sin cesar. Escuchando sin escuchar. Sin parar de pensar en aquel que se encuentra a escasos metros del cual no conocen ni el nombre.
Sin decir adiós. Sin llamar a la puerta. Sin correr otra vez bajo la lluvia después de haberla dejado en la estación de trenes. En casa, uno de ellos, busca por recuerdos del otro, objetos que le lleven de la mano a las caricias de los domingos de invierno, en aquella pequeña ciudad bajo los incesantes aguaceros. Lluvia de la que cobijarse en algún café. Cuantos cafés sin palabras. Cuantos besos que se perdieron por no decir hola. Cuantas mentiras a los padres que se evitaron. Cuantas lágrimas que se fundieron en la lluvia. Cuantas amigas encubriendo salidas nocturnas.
La vida sigue para ambos de este lado de la ciudad. Él pronto entrará en el servicio militar donde no parará de recordar a aquella chica con la que choco una tarde de verano. Ella seguirá con su trabajo de secretaria de ocho a tres tomando cafés con sus amigas las tardes de domingo.
Texto y foto David Perdiz
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