sábado, 2 de enero de 2010

Año nuevo




 Siempre me han dado igual los calendarios y los propósitos de enmienda tan típicos de estas fechas, pero  a  mi alma de gallega ateosupersticiosa parece traérsela al pairo,  ya que, a poco que me despiste,   me la encuentro cometiendo la traición  de hacer  lecturas de presagios tan inverosímiles como  irracionales.

Esta primera mañana del año  quise ir al monte  sabiendo que iba a ser el primer paseo del año, y que mi subconsciente húmedocelta se pondría a hacer cálculos de cómo sería el resto del año.  Elegí el olor marrón de los helechos húmedos que cubren las faldas de Lobeira, el verde aroma del  musgo agazapado bajo las agujas  desprendidas por  los pinos, y el perfume amarillo, casi anaranjado, de los cantarelus que brotan bajo esa mullida  alfombra de delicioso tacto y embriagador sonido.
Chap, chap, chop. chop,
Chap, chap, chop. chop - chapoteaban  mis botas  cuando empecé a verlas.

 -¡Ohhhh, mira esto!

Cantarelus del tamaño de un huevo, no de codorniz, si no  de los que ponen nuestras gallinas. Racimos acampanados brotando de la tierra a la sartén,  pasando por ese entusiasta  momento de descubrir el  delicioso oro asomando sobre la tierra.
Ese aroma inconfundible, mezclado con esa alegría indescriptible que da el encontrar alimentos por los bosques me colocó más que cualquier champán de fin de año, si pudiera tomarlo, claro...

Desde luego está claro que los homos llevamos siendo recolectores el 99% de nuestra existencia como especie, sobre todo las homos,  y que nuestro subconsciente recibe los frutos  de la tierra  como el mejor de los regalos que algún día fueron, y a poco que lo dejemos suelto, y le liberemos de lo que le ciñen las cortas  miras de compradores de bandejas en estanterías,  nos encontraremos  saltando ante unas moras, unas fresas silvestres  o unas setas.


A ratos llovía, sin fuerza, con pereza, diría, y ahí estábamos tú  y yo caminando juntos, armados de   botazas, chambergos, gorros, tu romántico paraguas y  la cesta de mimbre  otra nueva  entrada de año.


Empezar el año eligiendo si pasear junto al mar, o  por  medio del bosque  mientras mis hijos duermen, o juegan con la abuela  y tú me acompañas, me parece un lujo, por más cotidiano e insulso que pueda parecerle a alguien  el  salir la primera mañana de enero  a  sólo 1 km de casa en línea recta y cuesta arriba.  Pero sí aún encima me dices que el petirrojo que    nos acompaña todo el rato es el que vive a la puerta de nuestra casa  y barajamos la posibilidad de que se haya apuntado a nuestra salida montuna,  el año no puede empezar mejor, porque no puedo imaginar nada mejor que sentir que tú   crees posible esta amistad pajaril mientras caminamos juntos  otro primero de enero y llenamos la cesta de cantarelas tan deliciosas como la entrada de año montuna  que acabamos de pasar..

Ya tenemos para cinco o seis  revueltos de esos que tanto os gustan y que  adornan maravillosamente  nuestra mesa, así que ¡venir pronto!

¡Feliz año, Felices años!




2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Cómo me habría gustado ese paseo y la compañía (humana y pajaril)!

Más besos

enredada dijo...

Sumergirme en el bosque es uno de mis mayores vicios. Siempre está precioso, da igual en qué estación, cada una tiene su encanto. Ahora es el agua y el musgo, las setas y las alfombras de color marrón. Está para verlo, olerlo, comerlo...


Cuando quieras, tú ya saaaaabes, como dicen los cubaaaanos :-), pero mientras te lo iré trayendo aquí.