
El agua del paraíso, de uno de mis paraísos, está a más de 40º, tiene tacto de fango y su aspecto es tan silvestre como... como el mío, pero he de confesar, sin ninguna duda y sin ningún pudor, que mi paraíso está en donde tú estés.
Es verdad que necesito carretera y manta para combatir esa sensación de encierro químico que de vez en cuando cae sobre mi espíruto de pájara, es verdad que la lejanía del hogar y esas imágenes y olores entrando a mi cabeza dan tregua a otras horas que no son nada fáciles y que ultimamente se acumulan sobre mí. Todo eso es verdad, como el resto de mis días de cebra blanca con rayas negras viceverseándose, pero la gran verdad es que mi paraíso está donde tú estés.
¡Ay, qué suerte ser rana habiendo estas charcas!
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