
Para que luego no digas que sabe dios a quien le escribo, que si nombro a Alberto, que si se lo decido a Fernando, que si sabe dios a quien le escribo, cuando es para ti y como mucho para un molino...
Ya ves don quijote se peleaba con ellos y yo...yo les escribo cartas de amor, como a ti, aunque no te enteres.
Llueve, como un llanto sabido , esperado, pero llanto.
Llueve sobre las hojas de los carballos, de los pinos, de las moreras.
Llueve otoño.
A los leilandis les han florecido diamantes de tela de araña.
Los conejos sentados en plan zen, erguidos, tranquilos, primero de un lado y luego de otro, dejan que la lluvia los lave.
La ardilla que hace círculos perfectos en mi ropa, roe y lanza las piñas, avisándome que ni se me ocurra acercarme a ella. Hoy rechazó la manzana y las galletas.
La lagartija que vive en las placas solares se ha colado ya por la ventana de Antón, a pesar de que la habitación esté habitada por tres corredores de formula 1, que gritan como si fuesen el público, y tropecientos cochecitos de esos de cincuenta por diez euros, o algo así.
El petirojo que vive fuera de la jaula del porche, sólo asoma el pico por entre las ramas selváticas de la plantas que llenan febrero de blanco y morado enamorado.
Las escalas de un violinista sufriente de clásico bajan por las escaleras lentas y espesas, como la misma lluvia.
Suena el telefóno con palabras que preguntan cuánto tarda en cocerse un huevo, palabras sin lluvia, pero con sabor a mimos de otoño y noches de infancia.
Llueve obligándonos a todos a refugiarnos, a guardarnos, a cuidar, y a cuidarnos.
Llueve, como un llanto sabido , esperado, pero llanto.
Llueve sobre las hojas de los carballos, de los pinos, de las moreras.
Llueve otoño.
A los leilandis les han florecido diamantes de tela de araña.
Los conejos sentados en plan zen, erguidos, tranquilos, primero de un lado y luego de otro, dejan que la lluvia los lave.
La ardilla que hace círculos perfectos en mi ropa, roe y lanza las piñas, avisándome que ni se me ocurra acercarme a ella. Hoy rechazó la manzana y las galletas.
La lagartija que vive en las placas solares se ha colado ya por la ventana de Antón, a pesar de que la habitación esté habitada por tres corredores de formula 1, que gritan como si fuesen el público, y tropecientos cochecitos de esos de cincuenta por diez euros, o algo así.
El petirojo que vive fuera de la jaula del porche, sólo asoma el pico por entre las ramas selváticas de la plantas que llenan febrero de blanco y morado enamorado.
Las escalas de un violinista sufriente de clásico bajan por las escaleras lentas y espesas, como la misma lluvia.
Suena el telefóno con palabras que preguntan cuánto tarda en cocerse un huevo, palabras sin lluvia, pero con sabor a mimos de otoño y noches de infancia.
Llueve obligándonos a todos a refugiarnos, a guardarnos, a cuidar, y a cuidarnos.
Bendita lluvia desde mi casa, maldita lluvia desde la salida del trabajo a casa. Hoy llueve casi vertical, sin arreboles de viento ni sobresaltos. Arrebol, esa palabra me recuerda a Paco...allá donde esté.
LLueve también dentro de mi correo.
LLueven penas que no son mías pero que duelen.
LLueven palabras de hundimientos y humedades del alma. De enojos, de desencuentros, de tristezas, de lucha con uno mismo y con sus propios sentimientos. Llueve en feminino y en masculino.
LLueve sobre mis ganas. Ganas de agua caliente, de edredones y castañas con chocolate, o mejor: de castañas con...tigo, que el chocolate de cacao me late mal en el cuerpo.
LLueve y la casa parece querer leña y yo sopa: contra muslo de pollo sin piel, un poco de apio, una rodajita de calabaza, unos gramos de sal y lluvia de espelta. Lloverá espelta sobre mi estómago, calentando el centro de mis tempestades, de mis huracanes, de mis calma. Quiero aprovechar estas ganas de calor y recogimiento. Quiero sentarme a vaguear, hoy que al fin he acabado con las hojas de este otoño que es puro excell y sentir que no me siento encerrada, atrapada, aunque mis pensamientos estén construidos sobre una quimera.
Llueve y al fin puedo entrar aquí a contarlo.
Ayer era primavera y mañana volverá a serlo, pero hoy es agua de otoño. Agua que no nos ha dejado ir a las caldas, pero que me ha traído el sabor del otoño, de la melancolía, de lo vivido, de lo hallado, de lo perdido, de lo deseado, de lo acabado, de lo soñado, de ... lo hermoso que es estar vivo.
El cielo va del rojo al lila por mi otra orilla... Quizás mañana podamos escaparnos al paraíso sulfuroso y caliente, pero si no...que llueva sobre los carballos, que yo no haré ninguna rima obscena, porque para mi los carballos son... mi hogar, mi casa.
LLueve también dentro de mi correo.
LLueven penas que no son mías pero que duelen.
LLueven palabras de hundimientos y humedades del alma. De enojos, de desencuentros, de tristezas, de lucha con uno mismo y con sus propios sentimientos. Llueve en feminino y en masculino.
LLueve sobre mis ganas. Ganas de agua caliente, de edredones y castañas con chocolate, o mejor: de castañas con...tigo, que el chocolate de cacao me late mal en el cuerpo.
LLueve y la casa parece querer leña y yo sopa: contra muslo de pollo sin piel, un poco de apio, una rodajita de calabaza, unos gramos de sal y lluvia de espelta. Lloverá espelta sobre mi estómago, calentando el centro de mis tempestades, de mis huracanes, de mis calma. Quiero aprovechar estas ganas de calor y recogimiento. Quiero sentarme a vaguear, hoy que al fin he acabado con las hojas de este otoño que es puro excell y sentir que no me siento encerrada, atrapada, aunque mis pensamientos estén construidos sobre una quimera.
Llueve y al fin puedo entrar aquí a contarlo.
Ayer era primavera y mañana volverá a serlo, pero hoy es agua de otoño. Agua que no nos ha dejado ir a las caldas, pero que me ha traído el sabor del otoño, de la melancolía, de lo vivido, de lo hallado, de lo perdido, de lo deseado, de lo acabado, de lo soñado, de ... lo hermoso que es estar vivo.
El cielo va del rojo al lila por mi otra orilla... Quizás mañana podamos escaparnos al paraíso sulfuroso y caliente, pero si no...que llueva sobre los carballos, que yo no haré ninguna rima obscena, porque para mi los carballos son... mi hogar, mi casa.
Esperaré a que el cielo escampe, también a que mi cuerpo me de tregua e iré a por ti, o te pediré que vengas. Besos de patakiña.
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